Jesús nos encomia a que, ya que hemos recibido el secreto de la buena nueva, lo propaguemos a los cuatro vientos:
- Marcos 16:15. «…Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura».
- Mateo 28:19-20. «Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Pero esto no es tan sencillo como parece, pues necesitaremos una serie de requisitos o herramientas:
- Necesitamos tener Fe, pues poco vamos a Evangelizar sin creer en lo que predicamos.
- Necesitamos un nivel alto de relación con Jesús, a base de orar con él. En definitiva, hemos de tener amistad con Jesús, para permanecer en Él y dejarnos transformar y ayudar por Él. La oración es una gran fuente de gracia, y la gracia no es otra cosa que «inteligencia divina». Esa gracia es la que nos hará ver las cosas como las ve Dios y enterarnos de qué va esto.
- Necesitamos poner el foco en Jesús, pues si no, la vida nos estrangulará con sus preocupaciones, sus tribulaciones y sus quehaceres, y dejaremos de encontrar tiempo para Él.
- Necesitamos estar acostumbrados a detectar a Dios a nuestro alrededor, dándonos cuenta de los regalos que nos hace, de las tribulaciones de las que nos libra…
- Necesitaremos mucha energía, paciencia y resiliencia, pues vivimos en un mundo ateizado que no nos lo va a poner nada fácil. Todo ello en medio de nuestros quehaceres familiares y laborales.
Como Jesús anticipa infinitamente mejor que nosotros, nos regala, a través del Espíritu Santo (al que Él llama Espíritu de Verdad), una serie de dones para que podamos evangelizar. Son los famosos siete dones del Espíritu Santo, los cuales recibimos en la Confirmación, a través del vicario.
Estos dones se los pasó Jesús a los doce Apóstoles, así como la capacidad para transmitirlos. Los Apóstoles, tras la muerte de Jesús, fueron transfiriendo estos siete dones a otros catecúmenos mediante la imposición de manos.
Por ejemplo, el caso más curioso es del San Pablo (Hechos 9). Él era un fariseo que se dedicaba a perseguir cristianos. Tras revelársele Jesús en su camino hacia Damasco, Jesús lo tiró del caballo, lo dejó ciego y le mandó ir a Damasco, para encontrarse con un tal Ananías. Allí Ananías lo curó de su ceguera, lo bautizó (haciéndolo así hijo de Dios) y le impuso las manos, transfiriéndole los siete dones. Desde ese momento, San Pablo se puso a evangelizar con total soltura y conocimiento, como si hubiese sido discípulo de Jesús desde el principio. Los siete dones convirtieron a un exterminador de cristianos en un Apóstol, clave en la creación de la Iglesia primitiva. Más adelante, nos encontramos con San Pablo en Éfeso, confirmando a algunos discípulos mediante la imposición de manos (Hechos 19). La confirmación es necesaria, pues sin ella, nuestro camino de mejora continua hacia la Santidad se verá estrangulado por la vida. Bien es verdad que Pablo había tenido experiencia directa de Jesús, por lo que su fe movía montañas. De hecho, al poco de ser confirmado, Pablo llegó a curar a un tullido en la ciudad de Listra (Hechos 14:8-12).
Los siete dones que voy a describir son reales y necesarios en nuestra vida de fe. Se reciben en la Confirmación, y sin ellos nuestra fe durará poco. Eso sí, los siete dones, para dar fruto, necesitan que el receptor abra su corazón. He conocido casos en los que se ha recibido la confirmación con poca fe o ninguna, y años más tarde, cuando ha venido la conversión, los siete dones han brotado de repente, dando gran fruto.
Los dones del Espíritu Santo son estos siete:
- Consejo. Nos ayuda a poner a Dios en el centro de nuestra vida, por lo que , siendo Él lo más importante, hará que encontremos tiempo para orar, para rezar el Rosario, para leer la Biblia, para ir a misa, recibiendo así gracia que fortalecerá nuestra fe.
- Entendimiento. Nos ayuda a entender las enseñanzas de Jesús, el Evangelio y la Palabra de Dios.
- Sabiduría. Nos permite ver la vida con los ojos de Dios, por lo que nos ayuda a discernir.
- Fortaleza. Nos da las fuerzas para llevar adelante nuestra vida, nuestra familia, nuestro trabajo y nuestra fe.
- Ciencia. Nos permite darnos cuenta de la presencia de Dios a nuestro alrededor, por ejemplo cuando nos hace un favor. A veces he visto a personas que claramente estaban siendo ayudadas por Dios, y no se estaban dando cuenta.
- Piedad. Este don nos lleva a la amistad con Jesús y a permanecer en Él. Nos quedaremos enganchados a la oración y tendremos en cuenta a Jesús para todo, consiguiendo gran confianza y amistad con Él.
- Temor de Dios. Este don hará que temamos alejarnos de Dios, pues sabremos que alejarnos de Él no nos dará más que problemas. Se suele malinterpretar este don: no se trata de temer a Dios en sí, sino temer alejarnos de Él. Jesús es el camino, la verdad y la vida. Si nos alejados de Jesús, ni camino, ni vida, ni verdad; dando paso al sinsentido, al desamparo y a la frustración.
Por lo tanto tomémonos en serio el sacramento de la Confirmación. No se trata de un paso en el que el adulto se declara cristiano, sino un paso imprescindible para introducirnos en nuestro camino de mejora continua hacia la Santidad, pues Dios sabe que es difícil, y que necesitamos ayuda.